¿Está loco el mundo?

Quien ha vivido lo suficiente probablemente no recordará una época en la que nadie dijera que el mundo está loco. Las crisis, de una u otra índole, van y vienen como las olas del mar: a veces calmo, a veces agitado. Nos mantenemos atentos a las noticias y a su flujo constante —y bien comercializado— de acontecimientos, declaraciones y especulaciones que relacionamos con nuestra situación, aunque en la mayoría de los casos nos afecten poco o nada. Basta desconectarse un momento para notar que la vida, pese a sus vicisitudes, sigue su curso de manera más tranquila de lo que solemos percibir.


Nuestro mundo, al que diagnosticamos fácilmente de loco, dista de ser perfecto. Sin embargo, la vida fluye en él de una manera que quizás no es tan buena como quisiéramos ni tan mala como imaginamos. Cuando nos enfocamos en esa tensión, notamos que sustituimos el estrés puntual y necesario ante un imprevisto real por un estrés permanente y tóxico frente a una situación virtualmente adversa. Al volvernos adictos a la adrenalina negra de la incertidumbre, dejamos de vivir la realidad del momento, sumando a los dolores inevitables un sufrimiento constante.

El budismo suele decir que, bajo la superficie de una tempestad, el agua permanece en calma en las profundidades, y que siempre podemos refugiarnos en ellas a través de la meditación. También podemos observar cómo la naturaleza, ajena al ruido mundano, sigue su curso sin inmutarse por nuestros problemas. Conectarnos con esa vida nos permite volver a tierra. Como escribí en mi libro, la meditación se hizo necesaria cuando el ser humano contempló su entorno apacible y se dio cuenta de que su mente hacía demasiado ruido.

La locura del mundo es un hecho. Puede golpearnos gravemente cuando nos toca, pero no tiene por qué hacernos sufrir todo el tiempo. Desde el simple desahogo de una respiración profunda hasta la contemplación de la naturaleza, siempre podemos reconectarnos con la tranquilidad y la cordura de lo que funciona sin el control de nuestra mente. Lo más complejo es detenerse, levantar la cabeza y observar aquello que nos altera para luego soltarlo.